Earlier this year, I was asked to participate in the annual conference of the Center for Small Town Jewish Life—the only state-wide gathering of the Jews of Maine. The event was on a Friday night, which meant I had to be away from my family on a weekend. When I got off the plane in Portland, it was rainy and cold. On the way to the hotel, I remembered that I had never before even heard of the sponsoring organization, and suddenly it occurred to me that I had no idea what I was about to walk into.

The answer turned out to be: one of the most meaningful events I’ve done in years.

I gave a short talk about the challenges of American journalism broadly, as well as the ways in which these constraints work for a specifically Jewish publication. In response, the audience was challenging—even provocative—without ever descending into nastiness. At one point, I described journalism as a mirror, andsomeone piped up: “Except, too often I don’t feel like I’m reflected in it.”

This person went on to describe two specific Tablet stories that, she said, had made her furious. She explained that she saw others on Facebook who were also upset about these pieces, and then admitted that she engaged in some less-than-mannerly spewing at us—including at me personally. “But,” she said, “what else was I supposed to do?”

Her feelings make sense. The problem is the Internet, which by making everything free actually rendered everyone powerless—particularly readers. You can’t actually demand anything of Tablet, because you have invested nothing in Tablet. You have none of the tools formerly available to journalistic consumers: you can’t cancel your subscriptions, you can’t pressure our advertisers, you can’t really threaten our bottom line in any way. You know all of this, even if only subconsciously, and it is (understandably) infuriating. Which is why, when publications get things wrong, mobs will form and start frothing at the mouth, pushing and pushing for some response dramatic enough that it might allow its members to pretend they actually have some control over the outlets they read.

“But there’s a challenge for you too,” countered my new friend: “If this arrangement keeps you so distant from your readers, can you really still be our mirror?”

Maine! You’re a smart bunch.

The answer is: Only if you agree to keep standing in front of us, as steadily as you can. Instead of yelling maniacally about the stories we’ve already published, tell us which ones we should in the future. Ultimately, see us all as sitting in the same boat: If you poke a hole in my end, the thing won’t keep you afloat much longer either.

Over the next month, the Jews of Portland pitched us 5 stories (and counting), three of which have already been published. I hope it’s the opening of a channel that continuously flows, and that it serves for others as proof of our intention to reflect the lives of contemporary Jews as best we can—and as best as they’ll let us.

And a few weeks after that, we received another note from a reader—this time a Jew from Buenos Aires named Ruth Percowicz. She didn’t realize it, but she was calling my bluff.

“I was wondering if Tablet has ever been published in Spanish?” she wrote. “I think—although I’m not an expert—there’s a huge market in the Jewish (and non-Jewish too!) Spanish-speaking world for a magazine like yours. And besides, there are lots of articles that should be translated in order to teach and enlighten and clarify the issues that you usually publish.”

We reached out to Ruth, who offered to participate in an experiment with us. And with this, Tablet en Español—a week of side-by-side translated work—was born. All of the articles were commissioned and edited by Tablet editors, and translated by our new comrade, Ms. Percowicz.

Bienvenidos.

***

Tablet En Español: A nuestros lectores nuevos y pasados

A principios de este año, me pidieron participar en la conferencia anual del Center for Small Town Jewish Life—el único centro que abarca a todos judíos del estado de Maine. El evento era un viernes por la noche, lo que significaba que debía estar alejado de mi familia un fin de semana. Cuando bajé del avión en Portland, llovía y hacía frío. En el camino al hotel, recordé que ni siquiera había escuchado de la organización auspiciante, y de repente se me ocurrió que no tenía idea de en qué me estaba metiendo. La respuesta terminó siendo: uno de los más importantes eventos a los que he asistido en años.

Dí una pequeña charla acerca de los desafíos generales del periodismo americano, así como también las formas en que estas restricciones obran para una publicación específicamente judía. En respuesta, la audiencia fue retadora—aún más, provocadora—pero sin llegar nunca a la grosería. En un punto, describí al periodismo como un espejo, y alguien espetó: “Excepto, que con demasiada frecuencia no me siento reflejada en él.”

Esta persona continuó describiendo dos historias específicas de Tablet que, dijo, la pusieron furiosa. Explicó que ella puede ver otros en Facebook también enojados por estos artículos, y luego admitió que nos atacó—un poco menos que escupiendo—incluyéndome a mí personalmente, “Pero,” dijo, “¿qué otra cosa se suponía que hiciera?”

Sus sentimientos tienen sentido. El problema es Internet, el cual ofreciendo todo gratis deja ciertamente a todos impotentes—particularmente a los lectores. No pueden demandar nada de Tablet porque no han invertido nada en Tablet. No tienen las herramientas que antes estaban disponibles para los consumidores de periodismo. No pueden cancelar la suscripción, no pueden presionar a los anunciantes, no pueden amenazar nuestras conclusiones de ninguna manera. Ustedes saben todo esto, aun inconscientemente, y es (comprensiblemente) exasperante. Es por eso que, cuando las publicaciones se equivocan en sus consideraciones, se forma un gentío al que le sale espuma por la boca, presionando y presionando para obtener algún tipo de respuesta lo suficientemente dramática que les permita pretender que tienen algún control sobre las cosas que leen.

“Pero hay un desafío para ti también,” contraatacó mi nueva amiga: “¿Si este asunto los mantiene tan alejados de sus lectores, acaso pueden ustedes ser nuestro espejo?”

Maine, son un grupo inteligente!

La respuesta es: Solo si están dispuestos a mantenerse firmes frente a nosotros, lo más equilibrados posible. En vez de gritar maníacamente acerca de las historias que ya publicamos, indíquenos cuáles deberíamos escribir en el futuro. En última instancia, véannos como si estuviéramos sentados en el mismo bote; si perforan un agujero de mi lado, la cosa no los mantendrá a flote tampoco a ustedes por mucho tiempo.

Durante el mes siguientes los judíos de Portland nos presentaron 5 historias (y aun contando) 3 de las cuales ya han sido publicadas. Espero que esto sea la apertura de un nuevo canal que fluye continuamente, y que sirve a otros como prueba de nuestra intención de reflejar las vidas de los judíos contemporáneos lo mejor que podemos y lo mejor que nos permitan.

Y una semana después, recibí otra nota de una lectora esta vez de una mujer judía de Buenos Aires, Ruth Percowicz. Ella no lo sabía, pero me estaba llamando a mi juego.

“¿Me pregunto si Tablet alguna vez fue publicada en español?” escribió. “Creo—si bien no soy una experta—que existe un gran mercado hispanoparlante para una revista como la suya. Y, además, hay muchos artículos que deberían ser traducidos para enseñar y aclarar sobre los temas que ustedes usualmente publican.”

Nos contactamos con Ruth, quien se ofreció a participar en un experimento con nosotros. Y con esto nació Tablet en Español, una semana de traducción a la par.  Todos los artículos fueron encargados y editados por los editores de Tablet, y traducidos por nuestra nueva compañera, Ruth.

Bienvenidos.

***

*With special thanks to Rabbi Rachel Isaacs and Melanie Weiss. (Gracias especiales a Rabbi Rachel Isaacs y Melanie Weiss.)





PRINT COMMENT