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Vuelo a Santiago

“Qué es junta?” preguntó Tatiana, nuestra hija de 7 años.

Era el día de Navidad, y estábamos esperando para abordar un vuelo a Santiago. Al lado nuestro, desparramado en su asiento, se hallaba sentado un hombre de negocios americano con filas de números en la pantalla de su laptop. Nos contó que se dedicaba al negocio de los commodities y que estuvo viviendo en Santiago desde principios del 2000. “El país está un poco complicado, pero tiene muy buenos productos agrícolas, hermosos paisajes,” sintetizó el americano expatriado.

La Junta,” explicó Karen, mi esposa nacida en Estados Unidos, “es cuando la gente mala tomó Chile, echó al presidente y lo gobernó como un estado policial. Mataron y torturaron gente.”

“Y el nombre de su líder era General Pinochet,” agregué, de hecho, pronunciando la ch como en “chess” y -et como en “pet.

El magnate americano se levantó, y con una sonrisa socarrona en su rostro, se acercó al mostrador de check-in.

Estábamos en el aeropuerto de Atlanta, las niñas y Karen habían estado leyendo Quién fue Martin Luther King Jr.? Entonces Mira, nuestra hija de 9 años, preguntó: “Tenemos algún familiar en Chile?”

“No,” le contesté. “Solo en Venezuela y Perú. Los primos por el lado de mamá se fueron de Colombia a Perú.”

“Y de tu lado?” preguntó Mira.

“Parientes lejanos en Venezuela,” contesté.

“Papá, tengo una pregunta,” dijo Tatiana, la preguntadora designada de la familia. “Todavía estabas en Moscú cuando las cosas malas sucedieron en Chile?”

“Cuando sucedió lo del golpe de estado? Cuando La Junta tomó el poder?

“Sí,” Tatiana confirmó.

“Fue en 1973 y yo estaba en Moscú, definitivamente,” contesté en ruso.

“Estabas en el jardín de infantes?” Mira preguntó.

“Ciertamente y todavía ni siquiera éramos refuseniks,” dije, usando el término para las personas judíos soviéticos a los que se les negaba el permiso para abandonar la URSS.

Una corriente de recuerdos me sobrevino y me llevó de regreso a mi infancia soviética, y nadé en esta corriente durante la hora siguiente hasta que anunciaron el pre-embarque para familias con niños.

Recuerdo algunas cosas de mi vida del otoño de 1973. Yo tenía 6 años y mi padre me había llevado a Sochi en el Mar Negro, y en el jardín de infantes fui descubriendo la soledad de un niño judío. Vivíamos en un barrio de Moscú con mucho follaje (aunque ecológicamente peligroso) cerca del Instituto de Energía Atómica, y la mayor parte de los padres de mis compañeros tenían grados académicos, eran tecnócratas, y oficiales militares con contactos de alto rango. Acerca del golpe de estado en ese otro 11 de Septiembre, recuerdo algo vago en el aire, las palabras khunta y perevorot (“golpe,” literalmente “derrocamiento”) saliendo de las bocas de los adultos como granadas de mano. Mi memoria más vívida del otoño del golpe de estado en Chile es la de una cena en el apartamento de mis fallecidos abuelos maternos cerca del estadio de fútbol Dynamo.

Mi abuelo, el sibarita Arkady (Aron) había llevado a sus yernos a la sala de estar, en donde se sentaban en un diván de cuero, comían uvas, tomaban coñac y hablaban de política. Siendo el único niño en esa reunión familiar, me quedaba parado junto a la puerta a medio cerrar del mundo de los hombres y la política, escuchando mientras mi padre, un poeta-doctor hablaba sobre Franco y la Guerra Civil Española. Con curiosidad captaba los ecos de esas poderosas palabras: junta, dictador, derrocamiento, régimen, solidaridad, ruptura de relaciones diplomáticas. Palabras utilizadas con la comprensión de que algo significaban -a veces más a veces menos- en el contexto de nuestra vida soviética.

Chile—y la propaganda anti-Junta—formaron parte de mi infancia y juventud. Supongo que alguien podría corregirme acerca de que no hubo solo en Chile sino en la mayor parte de Latino y Sudamérica, una de las más importantes áreas para el juego de la influencia internacional soviética; una estratagema política que comenzó con Cuba. Pero Chile tiene un significado especial para la generación de soviéticos nacidos entre 1960 y 1970. Para el momento en el que yo estaba ingresando en la escuela media, en 1976-77, Cuba y la retórica de solidaridad con la “isla de la libertad” estaba quedando estancada entre los dientes. Un Fidel, de larga barba y fumador de cigarros, se había vuelto un ogro en los murales cotidianos de la educación soviética política, y yo tenía problemas para concitar sentimientos genuinos hacia la revolución cubana. Chile era diferente, por lo menos para mí. El golpe de 1973 contra el gobierno de Unidad Popular de Allende, que resultó en la duradera dictadura del General Pinochet, estaba siendo retratada como una reencarnación de la Guerra Fría del General Franco embistiendo contra el Gobierno Republicano Español. La Guerra Civil Española, aquella primera guerra contra el fascismo, había sido uno de los principales mitos políticos para la generación soviética de nuestros abuelos, y su legado mantuvo cautivos tanto a sus hijos como a sus nietos en los ’70.

Recuerdo el arribo de Lois Córvalan en Moscú, luego de su liberación de una prisión chilena en la remota Tierra del Fuego—fotografías del líder chileno comunista con un boquiabierto Brezhnev, batallones de niños soviéticos en saludo; al canto de ¡No Pasarán! en mitines escolares. Y también recuerdo los chernukhi (cánticos de humor negro) inspirados en el retorno de Corvalán, que recitábamos en los recreos y en el patio: “Está tranquilo en el bosque/Solo el carnero está despierto/Luis Corvalán está libre/ Por eso el carnero está despierto.” (En ruso original, “Córvalan” termina con la sílaba baran, literalmente “carnero” pero figurativamente “tonto.”)

¿Por qué la imaginación popular soviética crearía esos cánticos ambiguos? En la secundaria o ya en la Universidad a principios de los ’80, aprendería que la libertad de Corvalán había sido negociada en un intercambio por la liberación del prisionero y disidente soviético Vladimir Bukovsky. También descubriría después el triste comentario atribuido al famoso autor soviético de “En las Trincheras de Stalingrado”, Viktor Nekrasov, quien para 1986 burló a las autoridades soviéticas y estaba viviendo como emigrado en París: “Ahora, para restablecer completo orden, necesitamos intercambiar a Brezhnev por Pinochet.” Este comentario fue tomado y copiado por los humoristas del submundo soviético. En retrospectiva (y recordar no funciona bien al intentar reconstruir los caprichos ideológicos de un joven soviético) puedo ver cómo los niños y niñas recitarían estas líneas absurdas sobre el líder de los comunistas chilenos y también injuriar a Pinochet y sus secuaces.

Un revoltijo de memorias “chilenas”—fotográficas, musicales, literarias … me recuerdo en el campamento de verano Young Pioneer, en junio de 1977, parado en el desfile cantando las palabras “Bella ciao, ciao, ciao” junto a un ruidoso parlante, del cual salía la voz espectral de Víctor Jara, un activista radical chileno asesinado, cuyo nombre era bien conocido en la Unión Soviética. “Bella Ciao” no era una composición de Jara sino una canción sobre la rendición de un partisano italiano de la época de la Segunda Guerra Mundial. Y otro recuerdo de un campamento de verano: la proyección de una película sobre Chile que había salido de la misma tanda de la mayoría de los films soviéticos acerca de la agitación revolucionaria. Diseñada para inspirar, la película no dejó rastros a excepción de una escena en la cual trabajadores chilenos con viejos rifles defienden una barricada contra una unidad de tanques.

Sin embargo, una película sobre Chile me debió haber impresionado tanto, al punto que todavía la recordaba mientras me preparaba para viajar allí. Se llamaba Centaurs, y la vi con mi padre en el otoño de 1978. Yo tenía 11 años, y estábamos literalmente al borde de aplicar para visas de salida y quedarnos estancados por casi 9 años—mis años de formación. Recuerdo claramente que se trataba de una salida de hombres—este tipo de películas no eran de las favoritas de mi madre—y mi padre y yo la vimos en Vostok (Orient), nuestro pequeño cine de barrio que se hallaba en la Plaza Kurchatov de Moscú. La entrada al cine estaba enfrente de un jardín público, que albergaba un busto gigantesco del catedrático Igor Kurchatov, cuyo grupo desarrolló la primera bomba atómica soviética. Un poco más lejos del busto de Kurchatov, y ubicado en un pedestal gigante de granito negro, se encontraba el campus del Instituto de Energía Atómica, en donde la mitad de los residentes de nuestro departamento eran empleados. La película describía un golpe militar en algún país ficticio de Sudamérica con un presidente socialista que aborrecía la violencia, y, al igual que el mismo Allende, había sido entrenado como médico. La película estaba protagonizada por Donatas Banionis, un brillante actor lituano con una sonrisa culposa y compasiva, que además era el protagonista de la película Solaris de Tarkovsky. El líder de la insurrección, un reptil que nunca se quitaba sus gafas oscuras, se llamaba sugestivamente General Pin.

Algo acerca de la película resonaba en mí y, podría decir, también en mi padre, mientras estábamos parados en un solo pie en el limbo refusenik. Treinta y siete años más tarde sentía curiosidad por ver el film otra vez. En su búsqueda, descubrí que era una producción soviético-húngara-checa-colombiana, dirigida por el lituano Vytautas Žalakevičius y filmada por Pavel Lebeshev, uno de los más célebres cineastas soviéticos, conocido por su disgusto por la luz artificial. Ví Centaurs nuevamente mientras me preparaba para escribir acerca de viajar a y explicar Chile a mis hijas. La conversación sobre la inteligencia sudamericana exhibida en la película me recordó a los miembros de la inteligencia soviética y de las lealtades partidas. ¿Qué es lo que se supone que uno haga cuando su propio país apunta con un arma a su sien?

Y un doble recuerdo más, éste de mi segundo año en la Universidad de Moscú. Es Septiembre de 1985. Cerca de 300 de nosotros estamos reunidos en el auditorio con forma de anfiteatro con paneles de madera negra y retratos de los barbudos padres de las Ciencias Naturales rusas. Un activista Komsomol con un bigote a la rusa anuncia la conmemoración del golpe de estado de 1973 “contra los trabajadores y campesinos chilenos” y presenta al orador principal.  Un hombre tranquilo vestido de traje rayado sube al estrado. Habla con tono de meloso barítono, pronunciando frases rusas perfectas llenas de expresiones arcaicas. Este profesor era Boris Rozanov, un distinguido ecologista soviético y magistrado del establishment académico. Nos cuenta una historia de una visita a Santiago a fines de los ’70 durante su ejercicio en el Programa Ambiental de las Naciones Unidas. Rozanov describió haber estado en Chile durante una visita oficial y haberse encontrado con un paisano soviético, un representante comercial.  Según contó la historia, los dos estaban contentos de haberse encontrado y haber “comido y tomado algo juntos”. Entonces comenzaron a cantar canciones de la revolución en una habitación del hotel. “E imaginen,” Rozanov abrió sus brazos, frente a una audiencia de estudiantes nacidos a mediados de 1960. “La administración del hotel se alarmó tanto que llamó a la policía. No nos podían tocar, pero estaban muy temerosos de nuestro espíritu revolucionario.”

Ya sea adornada o no, la historia no me conmovió en lo más mínimo. Se sentía como propaganda soviética, aún si el relato del profesor hubiera sido la verdad acerca de Chile. Y por coincidencia, como si el destino me estuviera probando para ver cuánto de las ilusiones románticas de mi juventud me quedaban, solo días después de esa conmemoración sobre Chile, mi amigo moscovita Maxim Mussel y yo tuvimos la oportunidad de ver la proyección It’s Raining in Santiago [Llueve en Santiago], presentando a los actores franceses Jean Louis Trintignan y Annie Girardot, ambos fabulosamente conocidos en la Unión Soviética y musicalizada por el compositor argentino Astor Piazzola. En este tipo de película podíamos vislumbrar algo de la vida en el Occidente capitalista, y había algo de eso en los hoteles finos de Santiago y en los aviones, pero más que nada la vida chilena se parecía a la pobreza y monotonía soviéticas. En el final, dispuesto en un enorme estadio en Santiago, los militares de Pinochet aterrorizan a cientos de hombres y mujeres detenidos durante el golpe. Un comandante mayor, enfundado en un sobretodo gris y con un casco que lo hacía parecer a un oficial nazi, ordena una furibunda golpiza de un cantante revolucionario.

Crecer como un refusenik me ha convertido en un antisoviético, pero no ha anulado mi simpatía con las víctimas de una dictadura fascista extranjera, una dictadura que quiso arrancar de raíz el prospecto de un sistema comunista totalitario, no muy distinto al que nos oponíamos en la Unión Soviética. El chico ruso judío que fui alguna vez aún guarda sentimientos por Chile. ¿Pero cómo explicarles todo esto a mis hijas americanas?

Ha llegado el momento de explicar por qué vamos a Chile en primer lugar. En un primera y amplia instancia se trataba de un compromiso. Un compromiso entre anhelar una escapada cálida al invierno (yo) y desear una experiencia cultural Latina (mi esposa). Las niñas hubieran elegido Aruba, a donde ya habíamos ido en Diciembre–Enero. Karen había heredado una conexión especial a la lengua española y a Latino y Sudamérica de su fallecido padre. Nacido en Czernowitz, Bukovina, el padre de Karen y sus padres pasaron a través el infierno de los campos de Transnistria y después de la guerra terminaron en Bogotá, Colombia. El padre de Karen creció con el español como su primera lengua y la hablaba cual nativo; dejó Bogotá y se fue a Boston en 1960, nunca más volvió a Sudamérica. Cuando se le preguntaba de dónde era (hablaba inglés con un importante acento español), diría Costa Rica.

Chile también se suponía que era un buen lugar para exponer a los niños a la diversidad climática según la latitud y a las transformaciones zonales en la naturaleza. Si bien aún yo no estaba seguro acerca de qué investigaría y escribiría, reservamos un viaje de dos semanas para fines de Diciembre principios de Enero. “Puedes escribir una corta historia acerca de nuestro viaje,” Karen me dijo. Imagine un lugar en donde los hijos de los sobrevivientes del Holocausto y de los nazis escapados viven lado a lado y concurriendo a las mismas escuelas…

Nuestro itinerario fue elegido en interconsulta con dos chilenos. La primera fue la rabina de nuestro templo en Brookline, que nació y creció en Santiago y emigró a Estados Unidos como una joven mujer en 1971, luego del ascenso al poder de Allende. La madre de la rabina había dejado la Alemania nazi en 1939 y no estaba inclinada a quedarse allí a esperar lo que el futuro pudiera traer. El padre de la rabina, un judío ruso, había crecido en Shanghái y emigró de China a Chile luego de la usurpación comunista; hablaba un hermoso y algo anticuado ruso, y la perspectiva de encontrar descendientes de rusos judíos en Chile encendió mi imaginación. La otra persona que entrevistamos fue una psicóloga chilena casada con un judío ex-soviético que había sido compañero de la universidad de mi tía en Moscú. Ambas mujeres chilenas recomendaron que en Santiago nos hospedemos en Las Condes, un área de clase media alta de la ciudad. “Quédense en un hotel americano” la ex-chilena psicóloga recomendó. La psicóloga quería que fuéramos en auto desde Santiago a Puerto Montt, con la idea de manejar tranquilos y explorar partes de Chile, especialmente los pueblos fundados por inmigrantes alemanes en el s.XIX. Luego de ello, recomendó que tomáramos un bote a lugares exóticos en el sur de este muy largo y angosto país. La rabina nos dio recomendaciones basadas en donde ella había ido con su familia mientras crecía en Chile en los ’60: el lago y el volcán en Araucanía, y el resort en Viña del Mar sobre la costa del Pacífico. ¿Puede Ud. adivinar qué recomendaciones seguimos?

Asi que allí estábamos, el día de Navidad de 2014, tomando un vuelo nocturno a Santiago. Como siempre, tuve problemas para quedarme dormido en el avión. Karen estaba dormida, las niñas disfrutando la libertad de TV ilimitada y yo sorbiendo un feo coñac de avión y tamizando la información sobre Chile en mi cabeza. Antes de quedarme dormido repasé una conversación reciente con un matemático que trabajaba en mi Universidad. Nos cruzamos en el campus y cuando se enteró de que me iba a Chile, me dijo: “Por alguna razón recuerdo vagamente la desaparición de un matemático ruso en Chile. Creo que fue en algún momento hacia el final de la década de 1980.” Solo unas pocas entradas en Google fueron necesarias para descubrir que Boris Weisfeiler, un matemático judío que había emigrado de la Unión Soviética a los Estados Unidos, desapareció en Chile en 1984 mientras caminaba por los Andes. Nunca fue encontrado, y su desaparición se la vincula con la Colonia Dignidad, un puesto de avanzada manejado por antiguos nazis en Chile.

 

El Museo de los Derechos Inhumanos

Yo soy un creyente del probado y auténtico método de captar la esencia de un nuevo país observando la ruta desde el aeropuerto. Viajando desde el aeropuerto hacia Rio de Janeiro, uno pasa cerca de las favelas, o villas miseria, que impresionan al viajero con esa notable mezcla brasileña de pobreza, esplendor y vivacidad. Colmenas de techos corrugados y casas sin terminar puede ser shockeantes o perturbadoras para los sentidos del visitante, pero nunca encontré que los paisajes urbanos brasileños fueran depresivos. Con Santiago, fue diferente. A medida que nos aproximábamos a los alrededores tuve mis primeras impresiones de Santiago, yaciendo como una pila de cadáveres humeantes en las laderas de las montañas con picos nevados. Atravesando la ciudad desde el Oeste, entramos en un mundo Technicolor de aridez y apatía, de mustios jardines y casas cuesta abajo. Las orillas del río Mapocho, que fluye a través de Santiago, dividiéndolo en dos, estaban secas, sucias, sin vegetación; el propio río parecía una cloaca abierta.

(Fotos cortesía del autor)

Siguiendo el consejo de nuestra rabina, habíamos reservado un hotel en Las Condes, una de las áreas de mayor afluencia en la zona Este de Santiago. Fue interesante saber que Michelle Bachelet, la actual Presidente chilena, tiene su casa en Las Condes, así como previamente tanto el Presidente Salvador Allende y el General Augusto Pinochet, el hombre que lo echó en 1973. Había señales de vida comunitaria judía por aquí y por allá en el vecindario, que se hacía más evidente en el Estadio Israelita Maccabi, un complejo deportivo localizado justo al Este de nuestro hotel sobre Avenida Las Condes. El chofer de nuestro taxi se refirió al barrio como a “Sanhattan,” y lo decía con cansino orgullo. Desde las ventanas de nuestro confortable hotel veían montañas majestuosas rodeando el perímetro de la ciudad. El cuerpo de las montañas color canela y picos blancos se imprimían sobre las paredes de los rascacielos y se reflejaban en los espejos de nuestra suite; las montañas viajaban sobre los techos de los vehículos y entraban en los estacionamientos de autos. En la pureza de sus formas naturales, los Andes eran testigos silenciosos del pasado revoltoso de la capital chilena.

Escribí un diario personal mientras estuve en Chile y lo utilicé para las primeras impresiones en crudo, de lo que me conmovió en esos tres días en Santiago. Había colas en las farmacias. No, no porque hubiera escasez de medicamentos, sino debido al mal funcionamiento del servicio—como una especie de sovieticidad chilena, si debo poner el dedo sobre la llaga. Esperabas en la cola para pedir un producto, luego en otra para pagarlo, y a veces en una tercera para retirarlo. No sé si esto era para sobre-emplear gente o para apurar un orden burocrático, pero para un americano de origen soviético los resultados eran exasperantes. En la entrada a los funiculares, en los museos, aún en los supermercados encontramos el mismo letargo de trabajadores y el mismo silencio en respuesta a las quejas. Mi impresión es que en Chile, un fallido experimento socio-económico marxista seguido por años de La Junta de derecha resultó en una falta de interés en el trabajo a la par de una vigilancia pública morbosa. No había rudeza, solo silencio. Silencio y lo que se sentía como una agravada presencia policial en las calles de la ciudad.

Nuestros objetivos para Santiago, aparte de aclimatarnos y darle tiempo a las niñas para jugar en la piscina del último piso, eran ver la casa de Pablo Neruda y dos museos importantes, el Museo de Arte Pre-colombino y el Museo de la Memoria y Derechos Humanos. Llegamos a La Chascona, la casa-museo de Neruda, luego de una parada por el zoológico de Santiago, una vuelta en el funicular hasta el Cerro San Cristóbal (en donde serios carabineros filtraban a la muchedumbre), y almuerzo en La Percanta, un pequeño y elegante lugar en el barrio bohemio de Bellavista. Karen y yo nos sentíamos atraídos a la vida y legado de Neruda por diferentes motivos.  Karen había leído los ardientes poemas de amor de Neruda en su original español—lo que la ligaba a la juventud sudamericana de su padre.

Neruda, a quien originariamente yo había descubierto en excelentes traducciones rusas y subsecuentemente leído en español e inglés, no era el poeta que me hubiera llevado al exilio. Pero, las características de la carrera de Neruda me interesaban al igual que las carreras de otros artistas y escritores de izquierda de la generación y media nacida hacia 1880 y 1900, entre ellos Picasso, Aragon, Hikmet, y Rivera, que se opusieron a las dictaduras y fascismos mientras servían, inconscientemente o no, como apologistas del Stalinismo. En realidad, fue siempre más complicado que eso, y la apología asumía varias formas, desde el apoyo demostrativo a un país en guerra que se desangraba por derrotar a las hordas hitlerianas a hacer la vista gorda a los crímenes del propio Stalin. Las sombras de la Guerra Civil Española—las sombras mártires de García Lorca—iluminaron opacadamente el sendero de Neruda inspirándolo a escribir sobre amor y muerte. El guiño asesino de Stalin, blasonado en banderas rojas de los oprimidos y desgraciados, comprometió las alianzas políticas del poeta. Que Neruda, un senador chileno, se uniera al Partido Comunista en 1945, el año que el nazismo fue derrotado, es difícilmente seductor. Tampoco es particularmente sorpresivo que Neruda más tarde hablara, con una suave sonrisa irónica sobre sus fruncidos labios, agregando otra poética voz al culto a la personalidad de Stalin. Intente Ud. leer su oda rígida a la muerte de Stalin hoy; es un monumento a la ceguera histórica.  “El común de los trabajadores y campesinos chilenos nunca critica públicamente a la Unión Soviética,” le comenté a mi esposa mientras recorríamos La Chascona. “Pero amaban el confort de la vida burguesa.”

La Chascona era la casa que Neruda había comenzado a construir en 1953 para Matilde Urrutia, en ese momento su amor secreto y luego su esposa. Una de las tres casas chilenas de Neruda, esta cascada de habitaciones y agregados se halla sobre la ladera de una montaña sobre lo que solía ser un barranco atravesado por un arroyo.

Los colegas artistas solían traerle a Neruda, un coleccionista apasionado, cosas de sus países cuando lo visitaban, y habían dispuestos varios vestigios rusos y soviéticos en los dormitorios de Neruda. Mis hijas inmediatamente notaron las mateshki, las muñecas rusas, sobre uno de los estantes.

En la biblioteca del poeta, dispuesto en un gabinete de vidrio, en un estante bajo el Premio Nobel de Literatura en 1971, se encuentra la medalla otorgada a Neruda por el Premio Internacional Lenin, según figura etiquetado en la caja. Cuando a Neruda le otorgaron el premio en 1953, todavía se lo denominaba Premio Stalin Internacional de la Paz. Él lo recibió de manos de Ilya Ehrenburg, a quien había conocido y entablado amistad en Madrid en 1936. Poeta, novelista, periodista, uno de los principales arquitectos de la propaganda soviética anti-nazi, coeditor de The Black Book—Ehrenburg fue el enviado cultural de posguerra para Occidente. Un judío ruso, amigo cercano de muchos vanguardistas de izquierda ya que compartieron sus días en París ente 1910 y 1920, Ehrenburg tenía una conexión especial con los artistas revolucionarios, entre ellos el brasileño Jorge Amado, el cubano Nicolás Guillén y los mejicanos Diego Ribera y David Siqueiros.

En People, Years, and Life [Gente, Años y Vida], una de las ventanas abiertas de la inteligencia soviética hacia el modernismo, Ehrenburg describe su visita a Neruda en Chile en Agosto de 1954: “Por una semana me convertí en la persona más popular de Santiago. Los amigos me aconsejaron permanecer cerca_ los fascistas me querían dar una golpiza. Aun así iría al pueblo (la casa de Neruda está en las afueras) a veces con Pablo, a veces son uno de sus amigos. Con Pablo visité un barrio de clase trabajadora—Luego de una hora el chofer quien hacía de guardaespaldas, me imploró: ‘Si continuamos tendré un infarto…’ Los trabajadores me reconocían y corrían a abrazarme, y cada vez el chofer se alarmaba—¿qué pasaría si fueran fascistas?… Parecía que todos ellos habían perdido la cabeza. Sólo Pablo permanecía completamente calmo, escribía poemas, dormía la siesta luego del almuerzo, contaba historias interesantes. Dijo que, claro, no se esperaba la forma en que se desarrollaron los eventos, si bien no había nada de sorpresivo, los yanquis controlaban las cosas, actuando como si estuvieran en su casa aquí, pero pronto todo terminaría y entonces podríamos visitar de vuelta y me podría mostrar Valparaíso y el sur de Chile, y entendería que no hay otro lugar más bello que este.”

Cuando Ehrenburg recordaba a Neruda en los ’60, lo denominaba “el favorito de la fortuna” y lo contrastó con Vasily Grossman, de quien, Ehrenburg creía que había nacido bajo una mala estrella. Cuando Ehrenburg escribió sobre Neruda y la poesía de la política, estaba reflejando sobre su propia vida a un comprometido intelectual de izquierda y un judío soviético: “En este libro he escrito tanto acerca del trágico destino de escritores y artistas visuales, que me sentí compelido a hablar, aunque sea brevemente y con humor, sobre un gran poeta que fue un hombre feliz. Por supuesto, Neruda supo de momentos de desesperación y decepción, y mucho más, de los cuales uno nunca se puede deshacer, pero nunca renegó de la vida, y la vida nunca renegó de él. Fue contra los hombres poderosos del mundo, se volvió comunista, encontró amigos y, por lo tanto, también enemigos; aun así solo sus enemigos lo maldijeron, y nunca supo lo que era tomar una grave ofensa de su propio pueblo. Escribió acerca de lo que quiso escribir y cómo lo quiso escribir.” Ehrenburg, que falleció en 1967, nunca llegó a visitar Sudamérica otra vez, o ver el ascenso de Allende al gobierno, del cual Neruda sería Embajador en Francia, el enviado cultural chileno al mundo.

Me sentía muy tentado de contarles a mis hijas acerca de la pasión izquierdista de Neruda, y sobre su Premio Stalin de la Paz, pero hubiera sido demasiado, por demás demasiado. Mira y Tatiana se sentaron en los escalones de piedra que llevaban hacia el living de la casa de Neruda, con guías de audio en sus orejas, y Karen y yo nos dimos cuenta de que estaban escuchando el relato de la muerte de Neruda.

Menos de dos semanas después del golpe de estado de Pinochet, Neruda murió en la Clínica Santa María, por la cual pasamos varias veces durante nuestra estadía en Santiago. La historia del funeral de Neruda impresionó a las niñas, y ambas conversaron sobre la “mala gente” que bloqueaba el ingreso al arroyo en la base del cerro, y del agua creciendo e inundando el primer piso de La Chascona durante el funeral. La poco disimulada indignación, con la cual mis hijas hablaron de los informantes de la junta que vandalizaron la casa del poeta fallecido, me recordó de cuando de más pequeñas, saliendo de la casa de Anna Frank en Amsterdam dijeran, en voz muy alta de tal manera que todos se dieran vuelta, “odio a los nazis.”

En retrospectiva, fue probablemente poco inteligente visitar dos museos juntos en nuestro último día en Santiago. El notable Museo de Arte Pre-Colombino, una de las joyas de Chile, es mayormente un archivo de la destrucción de las civilizaciones nativas de América Central y Sur. Las colecciones están alojadas en lo que era un palacio construido circa 1900. Por razones no enteramente lógicas, me hizo pensar en dos museos, el espléndido Pergamon en Berlín, pero también en otro, el “Museo de la Raza Extinta” que los nazis contemplaron de abrir en Praga.

El Museo de Arte Pre-Colombino se halla a unas seis cuadras del Palacio de La Moneda, en donde Allende y sus cohortes murieron el 11 de Septiembre de 1973. No fuimos allí. Había algo incómodo en la cantidad de vehículos policiales y tropas en las raídas calles adyacentes al museo, en los oficiales con sus manos en sus fundas y estudiándonos con aprensión. Los grafitis en los murales y paredes decían slogans como “Libertad a los Mapuches.”

“Mapuche,” notaron las niñas, “vimos su vestimenta en el museo.”

“Sí, los veremos pronto en Araucanía, todavía hay aldeas mapuches allí,” dijo Karen a las niñas, si bien los dos estábamos cautelosos del etno-turismo.

El Museo de la Memoria y Derechos Humanos, es un moderno complejo inaugurado en 2010, que conmemora a las víctimas de la junta de Pinochet. Está rodeado por manzanas de pobreza urbana, con edificios tapiados y frentes con grafitis. Tatiana era demasiado joven para ver el museo, y decidimos tomar turnos, primero Karen visitaría el museo mientras yo esperaba con las dos niñas en la cafetería, luego Mira y yo iríamos de gira. Había intentado que fuera una caminata selectiva por el museo. Intenté proteger a Mira de las partes del museo que lidiaban directamente con la violencia, pero fue un objetivo inútil.

Violencia, a través de números, nombres, fotografías y videos se nos aparecían desde cada pared, vi la reconstrucción de un interrogatorio y una celda de tortura con una cama con resortes y una máquina de voltaje con dos alambres pelados colgando. Para mí, el video emocionalmente más devastador fue el de los testimonios de las mujeres que describieron ser encarceladas, interrogadas y torturadas. Estaban sumamente impactadas por el hecho de que estos hombres de apariencia “normal” que pudieran ser vecinos, familiares, padres de sus hijos, compañeros de estudios, hayan empleado torturas y violencia sexual para quebrar a sus prisioneras mujeres: los victimarios culturales, una historia familiar para aquellos que estudian el genocidio y las violaciones de derechos humanos. Mientras miraba uno de los testimonios, Mira esperaba afuera de la celda de tortura, estudiando las fotografías en otro exhibidor.

“¿Papá, has oído de Volodia Teitelboim?” me preguntó.

“Sí, por qué?” contesté. “Volodia suena como un nombre ruso,” dijo Mira mientras señalaba una página de una revista en español dispuesta bajo un vidrio.

Volodia Teitelboim fue un escritor y activista chileno. Luego del golpe de 1973 huyó a Moscú y dirigió un programa de radio en español transmitido para Sudamérica.

“Tienes razón,” le dije a Mira mientras bajábamos las escaleras hacia el lobby del museo “Los padres de Volodia Teitelboim eran inmigrantes judíos de Rusia,”

“¿Por qué hubo tantos judíos en contra de Pinochet?” preguntó Mira.

Una vez más, la pregunta judía había invadido nuestro viaje, aún sin haberla buscado.

“Porque luchaban contra la injusticia,” le contesté—“porque los judíos se sentían atraídos al socialismo. Ellos abonaban a los derechos del pueblo trabajador, los pobres. Porque…”

“¿Pero, acaso no dijiste que muchos judíos en Sudamérica eran ricos?” Mira me debió haber escuchado hablando con mi esposa sobre los parientes en Venezuela y Perú que estaban en el negocio textil o manejaban grandes estancias agrícolas.

Una vez más, la pregunta judía había invadido nuestro viaje, aún sin haberla buscado.

¿Cómo hace un judío ex-soviético para explicarle a su hija americana de 9 años—y explicarle sin sonar como una pegatina de los Protocolos de Sabios de Sion—las eternas contradicciones de ser judío en el mundo moderno? Y ¿cómo ayudar a que sus propios hijos entiendan el sentido de que los judíos se encuentran luchando en bandos contrarios en las barricadas de la historia? No muy diferente de otros países Latino y Sudamericanos a lo largo de los mismos años, Los judíos chilenos fueron activos en los movimientos de izquierda. Judíos, entre ellos el Ministro de Agricultura Jacques Chonchol, que sirvió en la coalición gubernamental Unidad y asesoró a Allende en asuntos como la nacionalización de las minas de cobre hasta bancos y finanzas. Y, por lo que valen esos hechos, Allende mismo era, por su lado materno descendiente de judíos conversos al catolicismo.

Por supuesto, el gobierno de Allende duró solo 3 años, y Pinochet se mantuvo en el poder 17. Pero en algunos casos, es más aleccionador el catálogo de judíos que mantuvieron posiciones de poder bajo Pinochet, entre ellos Miguel Schweitzer Speisky, quien fuera Ministro de Justicia desde 1975 a 1977 y el Jefe de Estado Mayo de la Fuerza Aérea General José Berdichevsky Scher, quien ordenó a los aviones bombardear La Moneda durante el golpe de 1973 y fue, además, embajador de Chile ante Israel. Durante los años de la junta, un número de asesores económicos claves de Pinochet, algunos miembros del equipo conocido como “Chicago Boys,” eran judíos.

En el patio del Museo de la Memoria y Derechos Humanos, posamos para una foto enfrente de una pasarela móvil con las palabras asilo y exilio impresas en su lado celeste. Esto se refería a decenas de miles de chilenos que huyeron del país en exilio voluntario luego del golpe.

Cerca de 10,000 judíos dejaron Chile durante los años de Allende a principios de 1970. Algunos de ellos regresaron luego del golpe. El General Pinochet y los miembros de la junta hicieron demostraciones públicas de apoyo al Estado de Israel, que cayeron bien en la comunidad judía chilena.

“Esto es como papá y sus padres que dejaron Rusia,” dijo Tatiana que comparte su nombre con el querido personaje femenino de Pushkin.

“En esencia, sí,” y no encontré tiempo en mí para elaborar similitudes y diferencias. Me sentí físicamente enfermo luego de escuchar los testimonios de las víctimas.

Cuando volvimos al hotel, estaba afiebrado. Karen llevó a las niñas a un paseo y al supermercado, y yo me quedé acostado solo en nuestra habitación, mis ojos fijos en las montañas con picos nevados afuera de las ventanas del hotel. Nunca tuve una reacción tan visceral a un museo de la persecución, esto habiendo visitado los museos de la KGB de la “ocupación” en las anteriores repúblicas de la Unión Soviética, incluyendo el que está en Vilna, Lituania, en donde uno puede ver una celda de interrogación a prueba de sonido más o menos igual a como estaba cuando la KGB local la abandonó en 1991. Estaba yo en la cama imaginando un golpe de estado, tanques y carros armados yendo hacia el centro desde las barracas en las afueras de Santiago, y mi esposa e hijas atrapadas en el fuego callejero. Quería escapar de Chile y volver a Boston. Recordé el poema de Vladimir Nabokov “La Ejecución”, en el cual el poeta emigrado se despierta de una pesadilla en la cual es arrestado por los bolcheviques “otra vez sintiendo” la protección del “exilio benéfico”. Por la tarde la fiebre se me había pasado. Mi esposa pensó que fue una reacción psicológica al museo. ¿Una paranoia persecutoria?

 

Los verdugos de corderos

A pesar de mi debilidad, seguimos adelante con nuestro plan de viaje. En el inmaculadamente bien mantenido aeropuerto de Santiago, caballeros de antiguas generaciones, de traje y corbata, y señoras vestidas de fiesta, perfumadas y enjoyadas, despacito sorbían sus cafés y degustaban sus reposterías con cucharitas. Ahora, en sus setentas, estaba pensando, los viajeros chilenos estaban en la cima de sus carreras durante el golpe de Pinochet. Cuando embarcamos, me di cuenta de que el avión al lado del nuestra Puerta de Embarque era un Antipov hecho en Rusia operado por Volga-Dnepr Airlines. ¿Cuál era la probabilidad de que eso le ocurriera a un ex-soviético viajando por Chile?

Íbamos a Temuco, la capital de la región de Araucanía en el centro del país, la ciudad de la infancia de Neruda. Alguna vez, un fuerte de los Mapuches, quienes le hicieran frente a la conquista Inca y a la española, Araucanía fue eventualmente ocupada durante la segunda mitad del s.XIX. Comenzado en 1850, en partes de esa región se establecieron inmigrantes germanoparlantes, que originariamente escaparon luego de las revoluciones de mediados de siglo europeas. Una segunda ola de inmigrantes germano parlantes llegaron en el primer tercio del s.XX. Hacia fines de la década de 1930 los asentamientos de alemanes en los pueblos en Araucanía se habían constituido en centros de simpatizantes nazis en Chile, y me preguntaba, leyendo acerca de la historia de la región, cómo los judíos refugiados de Austria y Alemania se habrán sentido luego de llegar a Chile y aventurar una vacación en Araucanía.

Al final, nos decidimos por el etno-turismo enfocado en los Mapuches, yendo directamente a nuestro destino fijado, el área de Pucón, emplazada entre lagos y volcanes. Mientras manejábamos al sureste desde Temuco a lo largo de la costa sur del Lago Villarrica en dirección a la frontera con Argentina, aparecían detalles de la influencia germánica diluidos en hispanización, como puestos al borde de la carretera y comedores de nombre Kuchen, en los carteles, y cerveza Kunstmann localmente preparada, y en la arquitectura de estilo Mitteleuropa en los pueblitos con frente al lago. Luego de Pucón, que se suponía fuera un retiro de verano (invierno) de Chile pero que no nos impresionó de la manera en que Konstanz o Bad Ischl impresiona a los visitantes, manejamos primero al Este y luego al Norte en dirección a Caburgua. Luego de cruzar un pequeño puente sobre el río Liucura, y pasando una escuela local adornada con ornamentos verdes de Navidad, y casi sin poder llegar a lo alto de una calle de tierra, arribamos al Mirador Los Volcanes, en donde pasaríamos una de las más relajadas semanas en nuestra historia familiar.

Visualice un prado con leve declive en la base de los Andes, y luego una docena de cabañas con vistas diversas del Volcán Villarrica. Nuestra cabaña de dos dormitorios tenía una estufa a leña. Las ovejas pastaban a la salida de nuestra puerta y ventanas. Sólo el ruido ocasional del camión trayendo leña interrumpía el silencio de la civilización. Internet solo funcionaba en la habitación principal y con tanta lentitud que nos preguntábamos si la desintoxicación de emails formaba parte del tratamiento. Uno quisiera olvidarse acerca de la historia, guardar el equipaje del pasado propio, y ventilar la identidad en el fresco viento de montaña.

Mientras mi esposa e hijas desempacaban, conduje cuesta abajo hacia el este al Lago Caburgua—en la búsqueda de una verdulería. Mi primera parada me llevó a un puesto lúgubre con desordenadas zanahorias, papas y manzanas en canastas tejidas, no había vegetales verdes, pero sí una gran selección de cervezas; dos hombres grandes y una niña atendían el puesto. Eventualmente encontré un supermercado con una adecuada selección de provisiones y un gran mostrador de carnes atendido por un carnicero de delantal ensangrentado, que parecía más bien un verdugo. Pero no fue sino hasta que paré en un puesto callejero que disfruté de comprar productos de campo chileno. Era una choza cubierta por un fino techo e iluminada por la luz que penetraba a través de las grietas de las tres paredes. El corpulento frutero, con gran bigote y dedos negros exudaba amor por la tierra. Comprándole me recordó a mí mismo comprando frutas y verduras de los granjeros locales mientras viajaba por el sur de Rusia en el verano de 1986, mi último verano soviético. Le pregunté al frutero, en mi italianizado y casi inexistente español, qué era bueno a lo que contestó “todo,” mientras abría sus brazos como si fuera a abrazar los baldes, canastas y barriles que atiborraban su puesto. Le pregunté si las ciruelas eran dulces, y el frutero tomó una medio púrpura y amarilla, la fregó en su delantal y me la dio. En flagrante violación a todo lo que me habían aconsejado en una clase sobre viajes en el Hospital Beth- Israel—y en contra de todo sentido común—tomé la suculenta ciruela de las manos del hombre chileno y la mordí, en una sensual y poco limpia experiencia. Dejé que el frutero eligiera la frutas y las bayas por mí, y mientras él las ponía en bolsitas de papel con forma de cono, yo elegía los vegetales. La última mercadería para negociar era una hermosa calabaza, de la cual, el frutero manipulando una cuchilla con la gracia de un mago, cortó cerca de un cuarto y la envolvió en papel de diario.

Por alguna razón, mi estado de ánimo se elevó luego del buen negocio con el frutero chileno. Cuando regresé a nuestra cabaña, encontré a mi esposa parada en el pórtico conversando con los propietarios del resort, Cristian y Graciela. Un hombre sonriente de pocas palabras, Cristian se parecía a un boxeador de peso pluma. Cuando hablaba apuntaba no a los ojos de su interlocutor sino un poco más allá, y su mirada parecía como una bala que penetra. Cristian era reticente a discutir sobre su pasado. De alguna manera nos enteramos de que había vivido en el extranjero, en Italia. Hubieron muchos chilenos que se fueron al extranjero durante los años de Pinochet y luego regresaron. Y el silencio sobre el exilio era parte del gran silencio nacional acerca del pasado, acerca de los años de la junta, sobre la represión política sumado al avance económico. Uno podría visitar el Museo de la Memoria en Santiago y sentirse impactado. Era mucho más difícil aprender una versión no curada de un pasado no tan reciente de los chilenos ordinarios. Cristian, el propietario del resort eventualmente me dijo que él había fundado el Mirador Los Volcanes in 2006, y que había estudiado ingeniería electrónica. Durante los años de Pinochet había sido un estudiante cerca de Valdivia, y se fue a Italia para entrenamiento de posgrado.

No era que tratamos de ocultar nuestro judaísmo mientras viajábamos por Chile, pero tampoco lo anunciábamos. Por estos días, cuando vuelva a Rusia, en donde ya bebí mi copa de antisemitismo, estoy muy abierto al judaísmo. ¿Pero aquí, en Chile? ¿Por qué exponerse e invitar reacciones, especialmente en áreas rurales? Hace un tiempo atrás en el Boston College, en donde enseño, llevamos a cabo un programa sobre literatura judía. Una de las charlas versaba acerca de los escritores de Latino y Sudamérica. Durante el período en vivo de Preguntas y Respuestas, una mujer con cara pálida y mucho pelo renegrido se paró y describió cómo fue crecer en Chile como hija de judíos refugiados y teniendo que soportar en la escuela primaria, a diario, el canto de ¿Quién mató a Jesús?” con la previsible respuesta de culpabilidad hacia los judíos por su muerte. El episodio me conmovió, y antes del viaje a Chile me había propuesto no ser demasiado explícito. Aún más, viniendo como americanos que no lo parecen es más fácil decirlo que hacerlo. Cuando Karen le solicitó a la propietaria amablemente no traer jamón en la bandeja de desayuno Graciela preguntó si éramos vegetarianos.

“No comemos cerdo,” expliqué. Y entonces agregué una frase en español, “Soy Judío.”

Cristian asintió con compasión, como si en sus ojos fuéramos compañeros víctimas de la tiranía, y la pavita reemplazó al jamón como la carne de desayuno.

En la tarde de nuestro segundo día cerca de Pucón, mi hija Mira y yo fuimos a pescar al Río Liucura. Estacionamos cerca de un puente y pescamos usando lombrices que encontré cerca del jardín de la cocina del propietario. Estábamos parados corriente arriba y permitiendo que el agua se llevara el anzuelo y las lombrices hacia las piletas de agua. Tuvimos mucho pique, pero solo sacamos tres pequeñas truchas tornasoladas.

Mira me asombró pescando ella por sí misma una trucha; pacientemente entretuvo al pez hasta que estuvo exhausto y lo depositó en la tierra, con estilo. Mira dijo que ella era mi “amiga especial de pesca.” Por alguna razón pescar truchas cerca de un puente en un río de montaña en un país hispanoparlante me hizo pensar en la sección del libro Fiesta de Hemingway, en donde Jack, el narrador, lleva a su amigo Bill a pescar. Jack desentierra lombrices y las usa como carnada, pero su amigo prefiere la pesca con mosca. Mira y yo estábamos pescando a la hora del atardecer, y yo pensaba cómo, a pesar de la afinidad pescadora, nunca nos podríamos identificar con Jack, el alter ego de Hemingway. En vez de eso, siempre me he identificado con Cohn, el neoyorquino que se vuelve campeón de peso mediano en Princeton, no porque él amara boxear sino porque necesita las victorias para triunfar sobre sus detractores anglosajones. Cohn no sale a pescar truchas con Jack, tiene otras cosas que pescar. Una locomotora de asociaciones con Hemingway y España me llevaron a la Guerra Civil Española y a las Brigadas Internacionales. Enseguida después de haber escrito Fiesta, Hemingway se encontró con muchos judíos luchando por España del lado de la república. Eran judíos de la Unión Soviética, Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos, y yo meditaba cómo las truchas saltaron sobre los mosquitos. Pero un fanatismo subliminal quedaba, y continuaba envenenando ciertas páginas de la vida del escritor. Esto era, quizás, afín a algo que permanece aun cuando uno ya se ha lavado la suciedad y sangre de abajo de las uñas. El prejuicio antijudío permanecía en personas progresistas como Hemingway, y no había ninguna negación al respecto. Yo pensaba: Llegará el día en el que mis hijos lean a Hemingway en la Universidad, y tendrán que lidiar con el prejuicio del autor no solo contra el judío Cohn de la ficción, sino también contra los judíos de la vida real, como Gertrude Stein. Una vez más, estas eran cosas que una joven judía tendría que aprender por si misma; no pueden ser enseñadas o aprendidas, ni aún por los padres.

Mientras tanto, la víspera de Año Nuevo se acercaba y Cristian nos invitó a una celebración que habría en la casa principal. Sacrificarían un cordero, dijo, de tal manera que habría carne para nosotros además del cerdo que también cocinaría. En la mañana destemplada y neblinosa del 30 de Diciembre, mi hija menor Tatiana solicitó observar la matanza del cordero elegido.

“Odio estas ovejas,” anunció Tatiana. “Son horribles y siempre tratan de robar comida de nuestro pórtico.”

Seguimos a Juanito, un joven local que estaba empleado por el resort como pastor y amo de todos los asuntos. Enlazó un cordero de 5 meses, que parecía una oveja grande y lo guío hasta el cobertizo junto a la entrada principal y la casa del dueño. A Juanito lo asistía una joven mujer, que limpiaba las cabañas y quien mis hijas creían que era su novia. Juanito llevó a cabo su tarea con la simplicidad y transparencia de un campesino, y sin falsos sentimentalismos, crueldad o machismo. Afiló su largo cuchillo, y él y su novia ataron las patas delanteras y traseras y lo pusieron sobre un bloque en donde docenas de corderos habían encontrado la muerte. Fue entonces cuando mi tatarabuelo lituano el rabino Jaim-Wolf Breydo se apareció ante mí, el último de nuestro linaje de rabinos “mitnagdim,” que fue asesinado en su casa en 1941. Mi tatarabuelo se apareció delante mío y demandó que le explicara a Tatiana qué se requiere para una Shejitá (matanza ritual) “Es una plegaria especial que se debe decir antes de sacrificar al animal para comer,” le susurré a mi hija.

“Como una disculpa?” preguntó Tatiana.

“Si, algo así como una disculpa y una bendición,” le contesté. “También debemos tener un cuchillo muy afilado y suave, para hacer un corte preciso y rápido en el cogote del animal.”

Tatiana escuchó atentamente arqueando las cejas.

La novia de Juanito sostuvo el lomo de la oveja y patas posteriores. Juanito hizo rodar al cordero sobre su lomo y empujó su cabeza hacia abajo. Como un lanzador de cuchillos tomó la navaja en su mano derecha, y la oreja del cordero con su mano izquierda y secamente puso la hoja del cuchillo a través de su cogote. Tatiana y yo vimos el cuchillo penetrando la garganta y cortando la arteria carótida. El cordero gimió algo melódico y revolvió sus ojos, la sangre color escarlata se vertía rápidamente en un balde de plástico del tipo que usamos cuando vamos a pescar a Cape Cod.

Llovió toda la noche en la ladera de los Andes mientras el cordero se rostizaba lentamente en el palo. Cristina y Graciela sirvieron minutas simples con la carne, rodajas de tomate, lechuga, choclo, papa asada. El pisco amargo se servía como aperitivo, excelentes vinos chilenos acompañaron la comida, y postres coronaron las festividades. Era un público sudamericano: chilenos, colombianos, argentinos, brasileños. Los temas políticos nunca surgieron salvo cuando comparamos notas de travesía con la familia argentina sentada a nuestro lado. Había una esbelta esposa, dos niños de la edad de los nuestros, y un esposo jovial que se parecía mucho a Diego Rivera. Mencioné el Museo de la Memoria y Derechos Humanos de Santiago, y Karen describió como me enfermé luego de la visita. El hombre argentino, que llevó a su familia al Pucón de vacaciones dijo, “Sí, la pasaron mal en Chile.”

Hacia el fin del 1 de Enero de 2015, quedaron claras las muy altas temperaturas llegando a lo que esperábamos para el verano chileno. Sin las nubes que obstruían, la claridad de la vista era tal que podíamos ver un feroz halo sobre la cima del Volcán Villarrica. Como una fina línea rojiza de piel sobre un animal salvaje, el halo me hizo recordar la información de que el volcán estaba activo, y de hecho podría erupcionar solo dos meses más tarde de nuestra visita, causando la evacuación de residentes locales.

Fue nuestro último día en Araucanía, y todavía buscaba yo señales de vida judía. ¿Quizás no las hubiera? Me pregunté. Una combinación de cafés, boutiques, y albergues, Pucón no era Montreaux, pero le daba a los visitantes una impecable vista del volcán. Luego de caminar por la orilla del lago y tomar unos tragos en lo que se nos recomendó como el único hotel europeo del Pucón, y después de probar mote con huesillo de un vendedor callejero, nos volvimos a nuestro agotado Citroen y retornamos a nuestra cabaña para un asado de despedida. En la calle principal, ya en las afueras del Pucón, mis hijas pudieron ver una señal y un poste de madera con 8 brazos y luces en su parte superior.  Paramos y leímos el cartel: Jewish Center Chabad House Jabad Pucon Chile (sin el acento en Pucón) Camino Internacional 1415 Tel. 442335. Era sábado a la tarde y las puertas estaban cerradas.

 

Hotel La Clara

No solo los chilenos expatriados que entrevistamos previo a nuestro viaje, sino también todo chileno que encontramos durante el mismo, nos comentaron con afecto y nostalgia acerca del área de Valparaíso-Viña del Mar sobre la costa del Pacífico. Los chilenos vinculan los resorts en la costa del Pacífico Norte de una manera que me recordaba a los judíos soviéticos de mi generación (y también a la de mis padres) transpirando sentimientos hacia los países Bálticos, Pärnu en Estonia, y Jūrmala en Lituania—a donde solíamos irnos para escapar, solo temporariamente, de la realidad opresiva de la Rusia soviética. Hemos encontrado chilenos que vacacionaban en Viña cuando era niños, y que se casaron cerca de La Serena, y que pasaron su luna de miel en el histórico hotel Oceanic de Viña.

En nuestro camino desde el aeropuerto de Santiago a Viña del Mar, atravesamos los viñedos ondulantes del Valle Casablanca. Habíamos estado esperando, finalmente, ver alguna cosa bella, un resort marino que amalgame la vista del visitante. Viña nos impresionó inmediatamente como superpoblada, sórdida ciudad con negocios baratos y cientos de micros cargando y descargando pasajeros en las esquinas de las calles. Cada tanto, edificios de estilo colonial elegante mostraban sus fachadas entre las grietas de la calle y altos edificios. También había signos de real pobreza, ancianos comiendo sobre aceras sucias y mujeres pidiendo limosna. Y había perros sueltos, jaurías de astutos perros callejeros recorriendo las calles de Viña del Mar.

Nos alojamos en un pequeño hotel llamado La Clara (alteré el verdadero nombre). Por lo general, soy cuidadoso al planificar un viaje, investigo las guías y opiniones y observo fotos satelitales, pero el juicio me falló esta vez. El Hotel La Clara era un engaño de marketing. En los sitios web estaba promocionado como el hotel boutique top de Viña, elegante, renovado, cercano a la costa y a las atracciones históricas. Localizado en una calle sin salida de una vía pública, La Clara era una remozada mansión victoriana, parcialmente renovada, parcialmente repintada sobre otras capas de pintura. A las ventanas les faltaban los cerrojos y cortinas, y las cerámicas tenían bordes rotos. Cactus y suculentas colgaban hacia abajo desde paredes de piedra por fuera de las ventanas, y desde un rincón del comedor se podía ver una ínfima parte del Pacífico. E irónicamente, la casa de al lado, también dentro de una mansión victoriana, se hallaba un retiro boutique llamado Primavera; dos casas más abajo se encontraban un complejo con una sinagoga, una escuela judía y el centro comunitario judío.

Vendedores ambulantes ofrecían baratijas, bolsitas con nueces, frutas secas y caramelos; niños y adultos en triciclos daban vueltas por la plaza y alrededor de la fuente de un polvoriento jardín. Payasos pintados posaban como estatuas vivientes, sin pestañear, los artistas locales ofrecían paisajes marítimos. Gitanas en polleras coloridas y largas acosaban a los turistas, ofreciéndoles leer las palmas o simplemente pidiendo dinero.

“Tengo una debilidad por las gitanas,” les dije a Karen y a las niñas. “ ‘Nos han matado en las mismas cámaras de gas,’ mi padre solía decirme cuando era un niño en Rusia.”

Nuestro primer día completo en Viña fue una secuencia de pequeñas y placenteras aventuras. Había mucha niebla en la mañana, casi tanta como en nuestro querido Chatham en Cape Cod durante muchas mañanas, y la niebla se suponía que se disipara pero eso nunca sucedió. Visitamos una playa Las Salinas, pero había muchas aguavivas y el agua estaba insoportablemente fría. Luego caminamos hasta el Sheraton Miramar y chequeamos Internet. A sabiendas por mis posteos de que estábamos yendo a Viña del Mar, mi colega Jim Kates, un poeta, traductor y editor con base en Boston nos contó sobre una persona con el nombre de Julio César que solía trabajar en restoranes de renombre en Boston. Jim relató que este legendario barista estaba ahora empleado en el Sheraton Miramar y que creaba “el mejor” pisco amargo del pueblo, y justo estábamos allí, en la terraza con vista al mar ordenando café cuando leí el post. Julio César, a quien buscamos en el prodigioso bar del hotel, era un hombre tostado de unos 50 años cuya figura y presencia recordaban al homónimo famoso campeón de box mejicano. Dudé en preguntar cuándo y en qué circunstancias nuestro Julio César dejó Chile, pero parecía según lo que nos contó que vivió en Boston por un largo tiempo. A Julio César le debimos dos cosas que hicieron nuestro tiempo en Viña más disfrutable: nos recomendó un precioso restorán manejado por su hermana y cuñado, y también se aseguró de que nos trataran muy bien en el Sheraton Miramar. Volvimos a nuestro hotel en una minivan del Sheraton, conducido por un marine chileno de pecho ancho y ojos rasgados. Hablaba un excelente inglés y nos contó que estaba destacado en la Embajada chilena en Washington.

Nuestro hotel había reservado una visita guiada a Valparaíso en nuestro último día entero en Chile. Se suponía que el guía y el conductor nos recogerían en la mañana pero ya se nos había hecho tarde. En vez de esperar en el lobby, Mira, Tatiana, y yo fuimos a visitar el centro judío calle abajo de nuestro hotel. Los primeros dos intentos habían fallado. El guardia nos dijo que no podíamos entrar allí “por temas de seguridad.” Le di mi tarjeta del de presentación del Boston College y le expliqué que trabajaba para Estudios Judaicos y que solo “queríamos ver el templo.” El guardia se comprometió a darle la tarjeta al “director” y nos dijo que volviéramos más tarde. Al día siguiente otro guardia se negó a dejarnos entrar porque “no estábamos en la lista” sea lo que fuere esa misteriosa lista. Me hizo recordar a cuando estando en Viena, como refugiado recién llegado, un policía austríaco de guardia me negó la entrada a la sinagoga. Pero era Viena en 1987, con amenazas terroristas reales permanentes, y esto era Viña del Mar en 2015. La tercera vez, sosteniéndome una kipá israelí tejida para que no se vuele, intenté razonar con el guardia. Este cedió y nos permitió caminar por el patio interno. Miramos por afuera el Colegio Hebreo “Dr. Jaim Weitzman” y entonces entramos en la sinagoga.

Construida en 1965, la sinagoga se llamaba Or HaIam, o Luz del Mar. En la placa conmemorativa de los fundadores de la sinagoga y el listado de los hombres que fueron en ese momento líderes de la comunidad Israelita de Valparaíso predominaban los apellidos alemanes, y los rusos-judíos o judíos—polacos mezclados con los que sonaban sefaradí. Los nombres de los fundadores incluían dos Boris, un David, un Israel, un Claus, un Günter, dos Kurts, un Juan, un Luis y dos Josés.

Valparaíso—ciudad de escalones, funiculares, pequeños cafés, belleza decadente, barcos cargueros extranjeros, marina chilena, grandes y pequeños murales, muros con grafitis y grafitis sobre los murales. Su vibra me recordó a las ciudades costeras del sur de Europa, especialmente Marsella, pero también Yalta en Crimea.

El nombre de nuestro guía era Sebastián. Un hombre veinteañero, cansado, de piel color aceituna, vestido de negro y azul marino, con rostro que irradiaba martirio, Sebastián se parecía a su homónimo santo amarrado a un árbol, siendo perforado por las flechas del Emperador Diocleciano, la encarnación caminante de la inacción, la sumisión, la comodidad. Para él, nuestra familia probablemente simbolizaba la impaciencia, la auto-gratificación, y la autocomplacencia americana. Esto es, hasta que le dije que crecí en la Antigua Unión Soviética.

Habíamos finalizado nuestro tour y estábamos parados en el Puerto de Valparaíso. Filas de pequeñas naves de pesca y placer se alineaban en el muelle. Los barcos de carga amarrados a gruesas sogas cargaban y descargaban contenedores con mercadería. Bastante más lejos, justo bajo el horizonte, se veía un barco de Guerra chileno velado por la lechosa niebla. Aquí, en Valparaíso surgió, en Valparaíso, el golpe de estado de 1973, el hogar de la nunca derrotada marina chilena y el lugar de nacimiento de Pinochet. Esperábamos un taxi, que no venía, y las niñas se estaban comenzando a cansar.

Finalmente le pregunté a Sebastián algo que quise preguntarle todo el día pero me contuve: “¿Cómo te sientes acerca del legado del régimen de Pinochet?”

“Los chilenos que encontramos han sido reacios a comprometerse con el tema,” expliqué. “Esto realmente me interesa como alguien que creció bajo un régimen de represión,” agregué.

“Tiene razón, no es algo de lo que la gente hable,” Sebastián contestó. Y lo dijo en excelente inglés.

“¿Podría profundizar por favor?” pregunté.

“Fue políticamente una época terrible,” dijo Sebastián.” Pero las gentes de la generación de mis abuelos dirán que se beneficiaron económica y socialmente con el régimen de Pinochet.” Sebastián se quedó en silencio.

Luego, en lo que pareció un non sequitur pero realmente no lo era, agregó, muy tranquilamente, “La CIA produjo mucho daño aquí, usted sabe.”

“Sí, lo sé, también la KGB,” contesté con pasión.

Un marino chileno que estaba parado cerca nuestro nos miró con aprensión. Sebastián no dijo nada, solo quedó cabizbajo girando su triste mirada a los adoquines de la calle.

Por alguna razón el conocimiento de que Chile fue el cordero sacrificado de la Guerra fría no trajo alivio. Algunos años antes de mi viaje a Chile, mi padre y yo habíamos parado en Madrid; estábamos de camino a Israel para hablar en una conferencia sobre escritores judíos que escribían en varios idiomas. Por la tarde, paseando felizmente por Salamanca, nos topamos con un rally neo-falangista no lejos de la Plaza Colón. Jovencitos y señoras en cuero y metal sostenían antorchas y cantaban “Justicia, Libertad, España,” y de sus bocas estos slogans salían como malas palabras. Luego de describir este incidente en un corto ensayo publicado en Snob, una revista popular moscovita, recibí una llamada de mi amigo P.B., un judío-ruso autor y colega emigrado.

“Me gustó tu artículo,” dijo P.B., “¿Pero sabes que la policía secreta soviética estaba detrás de muchos miembros de las Brigadas Internacionales?”

“¿Y se supone que este conocimiento me hará sentir mejor de que Franco ganó y los republicanos perdieron?” recuerdo haberle preguntado.

“Si la Guerra Civil Española sucediera de vuelta, yo lucharía en contra de Franco. Igual que los otros judíos,” le dije a mi amigo. No contestó nada.

Parados con mi esposa e hijas en el Puerto de Valparaíso, quería decirle a Sebastián que yo no podía asumir el legado que Estados Unidos se hubiera involucrado en Chile, aún si este legado fuera el mío propio—por defecto. Como judío, ex-soviético, americano, no podría justificar la violencia cometida en el nombre de frenar al marxismo en Sudamérica. Tampoco podría, a pesar del apoyo del Soviet al gobierno de Allende, imaginarme entre los que avalaban pasivamente el régimen de Pinochet. Nuestro taxi finalmente llegó, nos despedimos efusivamente de Sebastián y fuimos en dirección a Viña del Mar y el atardecer.

 

Pisco por la tarde

Habíamos dejado el Hotel La Clara, habiendo arreglado previamente pasar la última mañana en el Sheraton frente al mar. Nos relajamos en los sillones, nos sumergimos en piscinas termales con vista al Pacífico. Bajo la terraza, las violentas olas del Pacífico chocaban contra la roca bruta. Los pelícanos reposaban en los bordes de la roca de granito alimentando a su hambrienta cría. Una vez más imaginé a los judíos alemanes y austríacos que llegaron a estas costas a fines de los años ’30. Aquí uno se sentía tan alejado de Europa y de las malditas cuestiones de políticas, alianzas, e identidad.

Pisco, el licor nacional chileno, es una variedad de brandy, que tiene algo de sabor a la grapa italiana pero con más cuerpo y más cerca del coñac. Los chilenos lo beben con lima y azúcar o almíbar y lo sirven mayormente en vasos de champagne; resultando en una mezcla espumosa que se llama pisco amargo. Allí en Araucanía, había tomado una medida de pisco durante nuestro almuerzo de despedida en el comedor principal del hotel. Mientras mi esposa ordenaba en español y negociaba con nuestra hija menor el menú por sus alergias, un hombre como de mi edad, ojos color almendra y labios cerrados, con cabello entrecano se acercó a nosotros y nos ofreció ayuda, hablando en inglés con mucha confianza. Debió haber notado la mochila de mi hija con las letras del alfabeto hebreo. El chileno resultó ser, un cantor de Santiago, un judío sefaradí que había venido a Viña por unos días con su hija. Señaló a una adolescente en pollera larga, que saludó desde una mesa cercana.

“¿Le gusta Chile?” preguntó el cantor.

“Nos gustó la belleza natural,” le contestó Karen.

Licor sin diluir, consumido en un estómago vacío, había desatado mi lengua. “Crecí escuchando mucho acerca de Chile,” dije. “Pero este viaje no es lo que esperaba.”

“¿A qué se refiere?” preguntó el cantor.

“Tengo sentimientos encontrados sobre las reformas socialistas fallidas corregidas por los años de La Junta,” solté. “¿Y dónde está el milagro chileno, de todas formas?” Agregué con voz desafiante.

“Está aquí, mire a su alrededor,” el cantor abrió sus brazos. Detrás de él, a través de las ventanas del comedor del Sheraton, se podían ver los contornos de los barcos escondidos tras la niebla.

Debí haber parado justo ahí, pero no lo hice. Seguí contándole al cantor cómo casi no nos dejan entrar en el centro comunitario judío.

“Pues, verá usted, aquí tenemos temas de seguridad serios,” dijo el cantor. “Tenemos neo-nazis, y también medio millón de palestinos viviendo en Chile. Hay frecuentes amenazas contra la comunidad judía.”

“¿Y por qué no se va?” le pregunté. “¿Acaso no se han ido muchos judíos chilenos a principios de la década del ’70?”

“Sí, y algunos han vuelto después de que las cosas se calmaron,” dijo el cantor, casi eufemísticamente refiriéndose a los años posteriores al golpe de 1973.

“Eso es para mí difícil de asimilar, honestamente,” le dije al cantor. “Yo crecí en la Unión Soviética. Éramos refuseniks.”

“Todavía hay unos 15.000 judíos en Chile,” el cantor contestó. “Mayormente en Santiago pero también en éste área y pequeñas comunidades. Tenemos una buena vida aquí.”

Nuestra comida llegó, le agradecimos al cantor, y una hora después ya estábamos viajando al aeropuerto en una minivan negra brillante, conducida por un caballero ágil con un bigote plateado y gafas oscuras.

Mientras esperábamos el chequeo de seguridad, en mi cabeza repetía las acogedoras palabras de Dostoievsky “y todavía.” Le había dicho en serio, al cantor, que tenía sentimientos contradictorios acerca del viaje. Y todavía, seguía sintiendo afecto por Chile, quizás algo acorde con las ilusiones juveniles que uno nunca abandona totalmente. En este mundo, el judío triangula entre los principios absolutos de la ética judaica y los imperativos de la supervivencia. Así es nuestro predicamento judío y éste es el paquete de contradicciones que tú tienes aún por descubrir.

Esto es, más o menos, lo que hubiera querido decirles a mis hijas mientras esperábamos abordar nuestro vuelo desde Chile de vuelta a casa. En vez de ello, las llevé a un atractivo local de recuerdos decorado con artefactos andinos. Allí, llenamos una pequeña bolsita de tela con gemas autóctonas que elegíamos de un barril lleno de rocas pulidas, algunas grandes como una cereza o pasa de uva.  Ahora las gemas reposan en un plato de cerámica sobre la chimenea. Mientras escribo estas líneas en un día lluvioso víspera de Pesaj, observo las gemas chilenas, azul oscuro lapislázuli, ágata rojo carmesí, azul plateado durmotierita, y ópalo naranja opaco. Pienso sobre Chile mientras mis labios susurran un encantamiento de renovación: lazurita para la verdad, ágata para el coraje, durmotierita para la paciencia y ópalo para la memoria.

***

Traducido por Ruth Percowicz. Leer en inglés.





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