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Para conmemorar el Día de los Muertos el 1 de Noviembre, miles de familias mexicanas convergerán en el Panteón de los Dolores, uno de los más grandes cementerios de la ciudad de México, para encender velas, entonar canciones mariachis, y comer sobre las tumbas de sus familiares fallecidos. Justo enfrente, en el cementerio ashkenazí, más pequeño, Mónica Unikel conducirá una visita exclusiva para enmendar la falta de rituales mexicano-judíos al celebrar ese día. A diferencia de la mayoría de los mexicanos, los judíos en México no disponen altares para sus ancestros fallecidos ni visitan cementerios en el Día de los Muertos, así que la visita judía anual es, según Unikel “una oportunidad única para los judíos de México de participar en las festividades y demostrar al mundo qué es lo que pensamos sobre la muerte.”

Unikel ha estado organizando estas caminatas mensuales a través de La Merced, el barrio de los inmigrantes de principios del s.XX de la ciudad de México, por más de 20 años. Desde 1920 hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, un constante flujo de judíos de Europa del Este -incluyendo la familia de Unikel—vinieron a México, escapando del antisemitismo desde países como Polonia, Ucrania, y Alemania. La mayoría consideraba México como un punto de tránsito en su camino a Estados Unidos, pero muchos se terminaron quedando cuando ese país le puso un tope a la cuota de inmigrantes. Se establecieron en La Merced, trabajando como vendedores de telas, sastres y comerciantes.

Unikel también dirige la Sinagoga Histórica Justo Sierra, un centro cultural que pertenece a Nidje Israel, el nombre original de una de las más antiguas sinagogas de ciudad de México; según TimeOut, es uno de los destinos más populares para visitar en la masiva área céntrica de la capital.

Descendiente de la segunda generación de inmigrantes, ucranianos y polacos que llegaron a México en la década del ´20, Unikel siempre estuvo obsesionada con la historia Judeo-Mexicana. Dado que no había una carrera de Estudios Judaicos disponible en Ciudad de México, estudió más ampliamente sociología en la Universidad Iberoamericana y concentró todos sus proyectos en materias judías.

Unikel conoció a su esposo de 32 años en los archivos de la Inquisición de México mientras investigaba a la familia Carvajal, cuyos miembros fueron cremados en un auto-de-fe no lejos de Justo Sierra, in 1594. “Creo que es la historia más romántica que se habrá revelado alguna vez sobre la Inquisición,” me dijo, riéndose.

Luego del nacimiento de su hijo, Jacko, Unikel viajó a Londres, allí fue donde tomó su primer tour judío. Mientras era investigadora asociada para un proyecto de historia oral auspiciado por la Universidad Hebrea hacia fines de los años ’80, escuchó increíbles historias sobre los judíos sefaradíes que habían residido en viviendas céntricas de la ciudad de México, así que después de su viaje a Londres, decidió—tomando en cuenta su experiencia—que lideraría el mismo tipo de visita guiada, una vez que volviera a su país.

Organizó su primer tour el 20 de Noviembre de 1994. Ahora, sus visitas forman parte del programa regular de las escuelas judías mexicanas.

“No es suficiente con cuidar los espacios históricos,” me dijo sobre estas visitas Enrique Chmelnik, Director de Centro de Documentación e Investigación Judía de la ciudad de México. “Mónica vas más allá de esto, reviviendo el pasado judío de la ciudad de México en formas que nadie más lo está haciendo.”

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Me uní a un grupo de 10 visitantes, miembros de Asylum, una red para artistas judíos, en una reciente visita de martes a la mañana, para una de las caminatas de Unikel. Ella vestía una camisa negra y jeans, con aros triangulares de bronce, esperándonos con una carpeta en su mano derecha.

Nuestra primera parada fue el Jardín de Loreto Plaza, en donde dos iglesias enfrentan a dos de las más antiguas sinagogas de México. Unikel sacó una vieja foto blanco y negro de la carpeta, ha estado usando la misma a través de los años- y nos mostró detrás nuestro el Monte Sinaí o la primera sinagoga en México, establecida por primera vez en 1918 principalmente por judíos que llegaban del Medio Oriente.

Cuando Unikel vio por primera vez el edificio, la fachada no tenía decoración. Luego, una persona le mostró la foto que ella tenía en su mano y “le voló la cabeza.” Resultó ser que la fachada había sido remodelada para mimetizarse con los edificios lindantes en 1980, cuando el Papa Juan Pablo II visitó México. Fue restaurada en 1990. El espacio está estructurado como un templo masónico—muchos de los primeros judíos en México eran masones—con los pisos cual damero y bancos con forma de U.

Las sinagogas en Ciudad de México están nombradas según las calles en donde están ubicadas (de allí el nombre “Justo Sierra”) y en nuestra siguiente parada, Unikel nos contó la historia acerca de un hombre que les escribió a sus padres y ellos le dijeron que rezaban a Jesús, María y José. (“Habrá sido una gran conmoción.”)

Pasamos caminando las bulliciosas calles y un parlante a todo volumen y llegamos a una esquina soleada en donde solía haber una carnicería kosher. Para poder armar su visita guiada, Unikel, exploró viejos diarios escritos en idish en el área del centro y se fijó en los avisos. Así es como llegó a la calle Soledad, número 20; un pequeño comercio que ahora vende ropa de niños pero solía ser Fuller, una de las primeras panaderías kosher y el nombre de familia para los judíos mejicanos de ese momento. Nos mostró los recortes del diario: los nombres de los negocios—Varsovia, Rusia—reflejando la nostalgia inmigrante. Luego, llegamos al circuito completo de Nidje Israel, los cuarteles de la Sinagoga Histórica Justo Sierra. (La sinagoga estuvo cerrada durante una semana después del terremoto que afectó a la ciudad de México el mes pasado pero fue reabierta con aprobación de la ciudad; ninguno de los edificios de la visita guiada fueron dañados.)

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Monica Unikel en la Sinagoga Histórica de Justo Sierra. (Photo: Zony Maya)

Cuando Unikel comenzó a organizar sus visitas, la calle estaba plagada de puestos informales; era casi imposible llegar a ninguna de las sinagogas. “Era como una zona de guerra,” me dijo. Nidje Israel, la segunda sinagoga de la ciudad, establecida por judíos ashkenazíes en 1922, tampoco estuvo bien cuidada: A principios de 1930, la comunidad comenzó a mudarse del centro a los recientemente establecidos barrios de clase media, en los vecindarios Roma, Condesa, y luego, Polanco. Eventualmente, se mudaron aún más lejos; desde 1980, la importante comunidad de 50.000 miembros ha vivido mayormente en las afueras de la ciudad, en barrios cerrados cerca de las montañas.

A pesar de su ubicación céntrica, Nidje Israel se mantiene activa aún después de que la comunidad se hubiera mudado, gracias a la familia Herrera, un grupo de judíos conversos que proveían comida a todo aquel que viniera a rezar. El lugar no era solo usado para la plegaria comunitaria: una mujer llamada Raquel tenía una vinería kosher en el sótano, y otro hombre, Isaac Betech, preparaba za’atar (según Unikel el mejor de la ciudad) a la entrada del vestíbulo, “Cada vez que venía con un grupo aquí, la reacción era: ‘qué lugar increíble. Qué mal que esté así de abandonado,’ ”dijo Unikel.

En 2007, en un evento organizado por el Ayuntamiento de México, Raul Pawa, un miembro de la comunidad judía, habló con el director del Ayuntamiento, Moreno Toscano, acerca del estado de la sinagoga. La ciudad estaba comenzando a invertir en el área céntrica, e iba a diseñar un tranvía que recorrería el barrio. Toscano sugirió que renovaran la sinagoga. Unikel fue convocada a una reunión con los líderes de la comunidad ashkenazí de la ciudad, y le pidieron su opinión. Fue un tanto contencioso: la sinagoga se hallaba en desuso, y Unikel argumentó ampliarla para un público mayor, pero algunos líderes religiosos se opusieron a abrirlo como un centro cultural bajo el título de “sinagoga,” porque no sería usado para la oración. Sin importar su eventual utilización, Unikel actuó como una especie de profeta, diciendo que la restauración era urgente: pesaría sobre la conciencia de la comunidad dijo, si el templo, colapsara por falta de mantenimiento.

La sinagoga abrió en 2010 como un museo y es la única en la ciudad que permite el acceso a los no-judíos. Es un hermoso lugar, con decoraciones doradas y elaboradas columnas griegas. Unikel termina su visita mostrándoles a los visitantes una foto de la sinagoga en Europa del Este que sirvió como modelo para esta.

Luego de finalizar, me acerqué a un participante de la visita guiada que se hallaba en una vacación de dos semanas con su esposa. Él había leído sobre las vistas guiadas de Unikel en un sitio web y tuvo que esperar confirmación ya que no era miembro de Asylum. Me dijo que percibió un sentido de conexión con la migración latinoamericana porque su padre había viajado de Polonia a Uruguay y luego Nueva York. “Fue fascinante,” me dijo, mirando el mural del techo de la sinagoga con admiración, “poder recorrer las calles por donde otros judíos caminaron.”

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Traducido por Ruth Percowicz. Leer en inglés.

Esuchar una conversación con Mónica Unikel-Fasja, de la Sinagoga Histórica Justo Sierra 71, sobre la presencia judía en el Centro Histórico, producido por Jorge Pedro Uribe Llamas. (Cortesía Jorge Pedro Uribe Llamas.)





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