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Como muchos israelíes que crecieron a principios de los ’80, antes de la embestida de la televisión por cable, y otras tecnologías que hicieron sentir al mundo más pequeño y más inmediato, crecí mirando ansiosamente la cultura americana en un desesperado esfuerzo por ser tan genial como los personajes que veía en la TV. Estos pocos afortunados, los cuerpos celestiales que habitaban el mundo de las sitcom (comedias por episodios), vivían en un universo en donde la broma era lo corriente y la ostentación profusa, en donde nadie que conocieras se moría en una guerra o en un atentado suicida, y en donde las tardes se pasaban en el centro comercial, el baile de graduación u otras locaciones místicas lejanas al Medio Oriente.

Pero aun dentro de este fabuloso y ficticio mundo, no había nada parecido a Halloween. La primera vez que me crucé con esta festividad, en alguna aburrida y olvidable tarde, no estuve seguro de que fuera real. Tenía ocho años, quizás nueve, y todo en la pantalla parecía demasiado salvaje. Halloween para mi mente desinformada, era precisamente el tipo de festividad que un niño pre-adolescente diseñaría si se lo dejara solo, liberado de cualquier significado religioso y comunitario y enfocado en los dulces, disfraces y películas de terror; todavía mis tres cosas favoritas en el mundo. No era como el Día de Acción de Gracias, un empalagoso testamento para el agradecimiento y la familia. No tenía nada de las raíces cristianas de Navidad. Era una festividad pagana, y como todo respetable niño varón es un corazón pagano, decidí que la celebraría, aun si viviese a unas pocas miles de millas de distancia del proveedor de caramelos más cercano.

Algunas de las cosas básicas de esta festividad estaban fuera de cuestión. Golpear la puerta de las personas, demandando golosinas y amenazando con trucos, seguramente que resultaría en un golpe en la cara. Tampoco era una buena idea disfrazarse en Octubre, ocho meses después de Purim. Pero decidí que no había necesidad de volverse ortodoxo en la observancia de Halloween. Mi celebración se enfocaría en lo básico, y lo básico, según pude discernir de la TV, eran las películas de terror y el chocolate. Y así, cada Noche de Brujas, rentaría un clásico de monstruos de nuestro descuidado videoclub, pararía en la tienda para comprar una gruesa tableta de chocolate, tan gruesa que debía estrellarla contra la pared para poder romper un pedazo, y retirarme a mi habitación para una tarde de azúcar y sangre. Fue en una de esas Noche de Brujas que vi por primera vez El Resplandor. Otra me llevó a Pesadilla en Elm Street, y una tercera a Camp Crystal Lake, en donde conocí al enmascarado Jason Voorhees y su madre, ambos excelentes asesinos.

Mirando atrás esas alocadas noches de Octubre, en Herzlía, me siento un poco tentado a apenarme por ese niño que fui, tan convencido de que lo bueno estaba en otro lado. Pero también estoy agradecido a esos Halloweens improvisados por haber sembrado las semillas de algunas obsesiones que mantuve a lo largo de mi vida y que han influido en muchas de las decisiones que he tomado como adulto. Esta noche, entonces, mientras voy por trato o truco con mi propia familia, comeré un pequeño chocolate KitKat en honor a todas las personas alrededor del mundo que quisieran estar con nosotros aquí, y en celebración del asombroso poder que tiene la cultura pop de esforzarnos para hacer trascender el accidente de nuestro nacimiento.

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Traducido por Ruth Percowicz. Leer en inglés.





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